La Television Cubana: sus primeros niños y maestros

Por: Gladys Alvarado    9/01/2019           
 
Fotos: Archivos de ACTUAR
 
 
Cuando celebramos el aniversario sesenta y ocho de la televisión cubana inspira dar una ojeada a los albores de la programación infantil, a la cual se sumaron relevantes figuras provenientes de la radio, el cine y el teatro. Nombres como el de Antonio Vázquez Gallo (1918-2007), actor y escritor, quien se convirtió en el primer director de un programa escenificado para niños (La escuelita, Gaby Fofó y Miliki) en el canal 4. En la propia emisora y con un amplio currículum en la radio, el cine y el teatro, Eduardo Casado Remedios (1913-1954), protagonizaba Los cuentos del abuelito y así infinidad de ejemplos que podríamos citar, pero también los niños estuvieron presentes desempeñando diversos roles, en dramatizados para adultos, insertados en anuncios comerciales o como protagonistas de programas propios para infantes.
 
Vivencias personales que me involucran directamente a estas experiencias me permiten acudir a mis memorias, con el fin de pulsar una arista poco abordada por quienes historian la televisión de nuestro país.
 
Durante los primeros años de la década del 50 del pasado siglo, Unión Radio Televisión, canal 4, pionero en estas lides, con su señal dedicada a las familias que sucumbían ante la novedad de adquirir a través de tentadores plazos aquel novedoso equipo que llevaba al hogar un entretenimiento sin par, tuvo en cuenta las necesidades de los más pequeños y su parrilla contemplaba el programa La escuelita, conducido por el actor, animador, compositor y periodista Rosendo Rosell (1918-2010). A ella llegábamos los niños a mostrar habilidades adquiridas: canto, baile, declamación…, un incipiente “show de talentos”; recurso recurrente de las televisoras internacionales y efectivo hasta nuestros días. Por su parte, el actor proveniente del teatro bufo, José Sanabria (el viejito Chichí) estuvo al aire con los Amiguitos de Chichí  y las Estampas infantiles de Chichí, similares recursos y análoga aceptación popular; el actor, caracterizado como un noble viejecito, de espejuelos, sombrero hongo y traje negros, interactuaba con los niños a través de la pequeña pantalla.
 
Recuerdo cómo mi madre y mi querida tata, me enseñaban las poesías y desde sus respectivas inexperiencias histriónicas precisaban cada gesto, cada entonación; entonces llegaba yo al programa (en vivo) y cuando Rosell me preguntaba qué iba a recitar, resolvía interpretar cualquier otro poema y echaba así por tierra las horas de desvelo de mis mayores que, se quedaban boquiabiertos por mis decisiones de última hora.
 
Posteriormente, de simple competidora del programa, pasé a niña anunciadora del programa La escuelita Salutaris, refresco envasado en una inmensa botella con un interminable y burbujeante líquido que yo debía ingerir con una sonrisa en los labios. Otros niños artistas de la época (Amaury Pérez, Miriam Mier, Coralita Veloz, Ana Nora Calaza, entre otros) corríamos del aula escolar al estudio de televisión acompañados por nuestros padres. Aún conservo los comprobantes de los pagos por cada uno de los programas, dinerito que mis padres me permitían invertir en golosinas, meriendas en el Ten Cents de Galiano y otros antojitos.  
 
Las academias privadas de ballet clásico por una parte y las sociedades españolas, entre ellas la Rosalía de Castro y la Artística Gallega, sistematizaron zonas de aprendizaje de bailes y cantos ibéricos que aportaron una buena parte del talento artístico de los llamados “niños de la televisión” que en su devenir artístico integraron la nómina de talentos de los medios de la radio difusión nacional. Puedo señalar entre ellas a las bailarinas Marta García,  Olga Bustamante y Mayra Varona, entre otras que hicieron una brillante carrera.
 
Vale un aparte para recordar a una olvidada figura que mucho tuvo que ver con las actuaciones infantiles en los inicios de la televisión cubana y se erigió en maestro de infinidad de artistas que en ella brillaron, me refiero a Eduardo Muñoz Galé, El sevillanito.
 
Nacido hacia 1900 y fallecido en Cuba en fecha no determinada, llegó al país proveniente de España, junto a sus hermanas Julita y Pilar, como integrantes del trío de bailes Los sevillanitos. Personaje versátil y de gran vitalidad, vestir impecable, rostro enjuto y edad indescifrable; fue protagonista de una buena parte de la historia del teatro bufo, la lírica y los inicios de la televisión nacional. Bailarín, actor y hasta narrador de corridas de toros en  el canal 6 de la televisión, tuvo a su cargo el montaje coreográfico de La isla de las cotorras, en el teatro Alhambra, así como de exitosas piezas líricas estrenadas en el Teatro Marti, bajo la autoria musical de Rodrigo Prats, Jorge Anckermann y otras importantes figuras, entre las que vale resaltar el sainete-cómico-lírico- dramático  Rosa la china, de Ernesto Lecuona y la zarzuela Cecilia Valdés, de Gonzalo Roig. Muñoz es nombrado en 1950 profesor de baile de la Academia de Bellas Artes del Muy Ilustre Centro .Gallego de La Habana; vocación pedagógica que lo acompañaría  a lo largo de su vida, como profesor en diversas sociedades ibéricas y finalmente en su Escuela de Bailes Españoles, Internacionales y de Salón, con sede en Santos Suárez.
 
En 1955 sus “Estampas infantiles” irrumpen en la CMQ Televisión. Ese mismo año, el entonces Ministro de Comunicaciones prohíbe la actuación de menores en la televisión, bajo el pretexto de que se explotaba a los infantes. Cuenta Ana Nora Calaza que en octubre de 1959, ella fue una de las protagonistas de la petición al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz de la vuelta de los niños a la pequeña pantalla, solicitud aceptada de inmediato por él. De ese renacer también formé parte junto a la desaparecida actriz Amuy Chiong, Barbarita Hernández y la reconocida artista de la radio cubana Leonor Cabal, entre otras. A partir de entonces El Sevillanito, al frente de su Compañía Infantil, actúa en los cine-teatros Rialto y Riviera, también en las llamadas funciones de beneficio que se hacían comúnmente en las sociedades españolas; obtiene un espacio estable en la programación del anfiteatro del parque de diversiones Coney Island Parck, cuyos dueños patrocinan un espacio estelar con tres famosos payasos españoles fundadores de la televisión cubana, el Programa de Gaby, Fofó y Miliki, en Telemundo canal 2, al cual son invitadas “las niñas del Sevillanito” con sus danzas españolas e internacionales, pero ahora también con fragmentos de zarzuelas y operetas famosas, todo un repertorio signado por el buen gusto y la ingenuidad creativa que el maestro conseguía alcanzaran sus alumnas-artistas. Tal es el favor del publico que entre 1960 y 1963 se les ve sistemáticamente en programas como El circo en televisión, El show de Alfonso Arau, Casino de la Alegría, Jueves de Partagás y como protagonistas de anuncios comerciales de la Maltina, el jabón Palmolive y el refresco Jupiña; espacios donde la publicitaria Siboney pone a prueba atractivos guiones y pegajosos gingels que revolucionan los códigos del  tradicional anuncio comercial. Así lo reflejaba la prensa de la época: “…Jupiña nos produjo la alegría de ver cómo sus dos anuncios, magníficos exponentes de buen gusto, de originalidad y, lo que es más importante, de fuerza vendedora, atraían nuestra  atención con igual imán que la mejor de las atracciones artísticas. Porque su presentación, sus elementos integrantes -el Coro de El Sevillanito entre ellos-, y su confección alegre y llena de gracia, se fundían en el propósito de que el televidente disfrutara el anuncio en lugar de soportarlo”. La Embajada de arte infantil, como también se les identificaba, formó parte de importantes momentos del quehacer revolucionario de entonces, como la despedida en el Anfiteatro de Varadero de los jóvenes que partían hacia la Campaña de Alfabetización, la llegada a Cuba de los primeros repatriados e infinidad de controles remoto en hospitales de la capital. 
 
Otra figura fundacional de la programación para niños, protagonizada por niños fue sin dudas la Doctora en Pedagogía, profesora de ballet y bailes internacionales Iraida Malberti Cabrera (1936-2018). Como integrante de ese  elenco, recuerdo su trabajo coreográfico para el espacio El mundo de los niños (1961-1967), escrito por Luis Gibert, bajo la dirección de Julio Lot y magistralmente conducido por la actriz y directora Carmen Solar, quien compartía la escena con el actor y director Erdwin Fernández, en su caracterización del payaso Trompoloco. Allí escenificábamos cuentos clásicos, interpretábamos momentos coreográficos que se engarzaban con buen gusto y fluidez a las enseñanzas que todo programa infantil lleva implícito. Iraida fue hasta su muerte, una fructífera creadora que legó a la historia de la televisión cubana hermosos frutos, entre los que me place resaltar el que considero como una de las joyas del trabajo con niños en la televisión cubana: me refiero a la serie Cuando yo sea grande, producto de altos quilates donde la dulzura y picardía de las más tempranas edades de la vida fueron puestas en función del clásico juego de roles. Su magisterio deja sus más recientes huellas en el Ballet Infantil de la Televisión, el que por tantos años dirigió y en la compañía  La Colmenita.
 
Dos maestros bien diferentes, disímiles orígenes y estéticas, pero con productos culturales fruto del rigor profesional, el buen gusto y la sensibilidad; capaces de llevar al niño a la escena, no como mero imitador del adulto, sino con la frescura y espontaneidad propias de sus edades, como parte de una travesura, pero en un juego conducido con seriedad y talento que nunca descuidó el superobjetivo de ofrecer cultura genuina, resultados por los que vale la pena detenerse y mirar al pasado de nuestros “niños de la televisión” y, por supuesto, a sus queridos maestros.