El supremo acto de interpretar

Por: Gladys Alvarado        10/01/2019              
 
Foto: Tomada del sitio digital Cubahora
 
 
La tradición actoral de la televisión cubana atesora figuras relevantes a lo largo de su historia; heredadas del cine y el teatro en sus orígenes o formadas en los rigores de la práctica cotidiana, pero lo cierto es que son múltiples  los nombres a los que rendir honores si de actuación  en la pequeña pantalla se trata. Voces inolvidables como las de Eduardo Casado, Enrique Santiesteban, Eduardo Egea, Alberto González Rubio, Reinaldo Miravalles, Alejandro Lugo, Miguel Navarro y Enrique Almirante, por sólo mencionar algunos, hicieron gala de una dicción perfecta y variedad de matices, recursos que complementan una caracterización efectiva. Entre las féminas, imposible dejar de mencionar a Minín Bujones, Raquel Revuelta, Gina Cabrera, Margarita Balboa, Maritza Rosales y Aurora Pita, quienes junto a otras grandes de la escena como Fela Jar, Bertha Martínez o Verónica Lynn imprimieron un estilo de actuación elegante, exquisito, tanto en su enjundia interna como en su expresividad corporal.
 
Ese talento actoral de las primeras décadas de la televisión, asumió el reto de grandes personajes de la literatura y el teatro universal en un medio que requería de caracterizaciones construidas con rapidez, representadas en programas en vivo, muchos de ellos con más de una frecuencia semanal. Excelentes comediantes desfilaron por la televisión en programas costumbristas o formando parte de los elencos de piezas internacionales: Lilia Lazo, Eloisa Álvarez Guedes, Marta del Río, Luís Echegollen, Jesús Alvariño, Carlos Moctezuma, Aurora Basnuevo. Las parejas inolvidables de Garrido y Piñeiro,  Pototo y Filomeno, Cachucha y Ramón integran el imaginario de quienes peinan canas y disfrutaban a diario de un programa de humor elegante y no por ello menos divertido; otra polifacética cantera imposible de encasillar en un género como Salvador Wood, Erdwin Fernández, Antonio Palacio, Germán Pinelli, Armando Soler, René de la Cruz, Rosita Fornés, Consuelo Vidal, Ana Lasalle, Armando Bianchi, Mario Limonta… considerable nómina de talento, para tan pequeña isla que prácticamente se lanzó al vacío como vanguardia de una flamante experiencia donde los referentes eran aún escasos.
 
Por supuesto que los gloriosos orígenes tienen antecedentes prestigiosos en la calidad de la radio y el teatro, dramático, vernáculo y lírico en Cuba; una historia larga y fecunda, con un público avezado que nos convirtió en indicador de futuro éxito para las compañías extranjeras que pretendían “hacer la América”. Todo un universo de talento fuente nutricia de nuestra televisión. Y cuando algunos integrantes de esa vanguardia ya no estuvo, otros se convirtieron en maestros de nuevas generaciones como los siempre recordados Alejandro Lugo, Julio Lot, Alden Nnight y Alfredo Perojo; transmisores de los secretos técnicos, pero junto a ello y no menos importante, de la ética que rige la vida profesional del actor. De la Escuela de Formación de Actores de la TV, dirigida por Lugo y las primeras graduaciones de la Escuela Nacional de Arte egresaron intérpretes de valía, muchos de los cuales aún integran el talento artístico que disfrutamos. Estrellas indiscutibles como Irela Bravo, Cristina Obín, Susana Pérez, Natasha Díaz, Ana Nora Calaza, Frank González, Luisa María Jiménez, Isabel Santos, Nancy González, Luís Alberto García, Fernando Hechavarría tomaron a su vez de la mano a la cantera de jóvenes que renovó los repartos de nuestros dramatizados.
 
Paradójicamente a los rigores del Período Especial, la década del 1990 al 2000 fue fecunda en egresados del ISA, pero sobre todo de las carreras de  Instructor de Teatro y Actuación en la ENA; una nómina nada despreciable de  célebres directores artísticos, activos hoy en el cine y la televisión como Léster Hamlet, Ernesto Fiallo, Tamara Morales, Marilyn Solaya o Yoel Infante; actores relevantes entre los que se destacan Laura de la Uz, Yerlín Pérez, Mayelín Barquinero, Yailene Sierra, Beatriz Viñas, Tamara Castellanos, Heidi González, Yailin Copola, Caleb Casas, Delvis Fernández, Carlos Enrique Almirante, Denys Ramos, Niu Ventura y muchos otros en Cuba y en el mundo que iniciaron sus vidas artísticas a partir de sus estudios en la ENA y han continuado diversificado su formación hasta alcanzar los niveles actuales de maestría. Mucho le debió a ese renacer la  existencia de sólidos planes de estudio y un claustro de excelencia con ojo certero para captar los futuros talentos en todo el país y que contra viento y marea, en los momentos más difíciles de la patria, no dejó de formar hombres  y mujeres para la escena.
 
Se insistió en la calidad vocal de los aspirantes, en lo que trabajó un equipo de dos profesoras y una logo foniatra, lo que propició el ingreso de jóvenes con voces sanas, buena pronunciación y sentido del ritmo y la afinación, virtudes que complementan la emoción del actor, pero no ello menos importantes; tales fueron los resultados que muchos de estos actores derivaron en cantantes o simultanean ambas carreras profesionales.
 
Algunas series  juveniles más recientes han demostrado que contamos con una amplia cantera de histriones en constante renovación, sólo es buscar y hacerlo bien.
 
Pero los días que corren nos alertan sobre el peligro del intrusismo profesional en la pantalla, con evidente déficit en el empleo de la voz y la dicción, defectos que se traducen en  textos ininteligibles por deficiente articulación, omisión de consonantes, falta de matices al decir, vulgarización de la imagen del cubano, como consecuencia de caracterizaciones externas que se apropian de clichés preestablecidos o sencillamente protagonistas desconocedores del oficio con poco o ningún talento, las causas apuntan directamente hacia la dirección artística y de actores, porque si bien es cierto que el arte escénico en la televisión precisa de variedad de tipos y de la renovación constante de rostros, es innegable que las búsquedas y selecciones deben conducir a legítimos hallazgos, porque potenciar una y otra vez la mediocridad puede afectar la sensibilidad y el gusto del televidente  y atenta contra el medio y su respetable historia. No es negar el talento empírico absolutamente virgen; excepción y nunca regla de la historia actoral cubana, porque no solamente el aula forma y muchos de los que consiguieron el éxito llegaron precedidos por experiencias en notables compañías aficionadas, el triunfo en algún show de talentos; pasaron por el catálogo de extras o estuvieron largas temporadas en el “banco verde” esperando una pequeña oportunidad que casi siempre se iniciaba en la radio y después en la televisión. Únicamente si los resultados cualitativos eran avalados por los maestros de la dirección, se les autorizaba entonces asumir personajes con textos; proceso que garantizaba un mínimo de dominio del intérprete al someterse a un trabajo profesional de cierta envergadura.
 
Y si un buen guión, así como el experimentado equipo de dirección y realización resulta una futura carta de triunfo, no puede desdeñarse la importancia del casting, porque la imagen visible que defiende la obra es el actor.   
 
Aplaudo entonces, ejemplos recientes como los repartos de ConCiencia, bajo la batuta de Rudy Mora y De amores y esperanzas. En la primera sobresale conmovedoramente la caracterización que Isabel Santos construye en torno a la científica aquejada de ataxia, en lucha desesperada contra el tiempo que cada vez acorta sus posibilidades de investigación. Mesurada, profunda, evolutivamente creíble en el avance de su enfermedad, inicialmente la actriz nos ofrece pequeñas pistas como el temblor de una mano o una imprecisión al caminar, hasta los momentos climáticos en que ese cuerpo no responde ya a un cerebro lúcido y colmado de talento; proceso este que sumerge al espectador en la disyuntiva de compadecer o admirar a esta mujer que no se doblega y que por la credibilidad con que se nos muestra pudiera estar a la vuelta de la esquina. En el segundo ejemplo elegido, Raquel González, su directora, sortea con éxito y muy buen gusto dos temporadas de una misma serie que exige un equipo de actores de continuidad en la trama y una amplia gama de tipos diversos que van insertándose a partir de cada caso. Memorable la escena en que madre (Yailene Sierra) e hijo (Denis Ramos) se encuentran tras una prolongada búsqueda mutua. Cómo lo soñado por el hijo puede tornarse confuso, contradictorio y temido en el momento mismo del clímax. Cuánto dolor y alegría en una madre víctima del despojo y el abuso. Sentimientos verdaderos, dominio técnico de los actores que defienden con honestidad sus personajes. Así son los herederos fecundos de una tradición actoral de excelencia técnica que defendemos y sobre la cual continuaremos profundizando en próximos trabajos. Porque queremos y creemos en este cómplice que llega a nuestros hogares y al que le dedicamos innumerables horas de nuestras vidas.