Cristina Obín y los muchos personajes que la habitan

Por Taissé Del Valle Valdés
 
 
Al evocar los recuerdos más preciados de su memoria, María Cristina Piñeiro Obín, o Cristina Obín, regresa a ese pasado glorioso de la radio y la televisión cubanas en que emergió una talentosa generación de actores. Corrían los años sesenta. Cristina Obín es una de esas bellas y grandes actrices de nuestro país, a la que formó el rigor de la televisión en vivo.
 
Con mucho cariño recuerda su protagónico en las aventuras El capitán Tormenta, obra inspirada en el clásico de Emilio Salgari y dirigida por Erick Kaupp. «Para muchos sigo siendo el capitán Tormenta, a pesar de haber interpretado otros personajes», dice mientras exhibe la fotografía del año 1973 que aún conserva. «El capitán Tormenta significó para mí lo que tengo, porque hoy yo soy eso y, gracias a eso, fui todo lo demás».
 
Estudió actuación en la Escuela Nacional de Arte (ENA) y, aunque por problemas personales no se graduó, decidió presentarse en la Dirección de Dramatizados del entonces Instituto Cubano de Radiodifusión (ICR). «En aquel momento, para hacer teatro, había que ser graduado de la ENA, mi opción era la televisión». Comenzó en la televisión como extra y luego cursó la Escuela de Superación de Actores en el ICR. Curiosamente, donde primero trabajó fue en la radio, como locutora de Radio Rebelde. De ahí su impecable dicción, tan impecable que hoy muchos la reconocen por su voz. Es su sello distintivo.
 
«Cuando me gradúo de la escuela hice dos extras, uno en Álbum de Cuba y otro en San Nicolás del Peladero. Con la directora Cuqui Ponce de León hice teatro ICR. Era un personaje de tercera línea y se enferma la actriz que estaba por delante de mí en rango de personaje. Yo me sentaba en los rincones con el libreto y seguía la letra de todo el mundo. Así que la directora me preguntó: “¿Te lo sabes?, ¿te atreves?”, y le dije que sí. Empecé a ensayar ese personaje, pero después se enfermó la protagonista y la directora volvió a mí: “¿También te lo sabes?”, y le respondí: me atrevo. Así hice mi primer protagónico».
 
«Mi mama me decía: “La gente te va a coger miedo, porque donde quiera que llegas se enferma alguien”. Y un día se enferma Martha del Río, que estaba haciendo Las hermanas Chéjov, en vivo con Antonio Vázquez Gallo, uno de los directores más grandes de la televisión. Antonio va a buscarme a la casa porque yo tenía un parecido físico con la actriz. Trabajé viernes y sábado como Martha del Río, pero ya el domingo dijeron que ella había estado enferma y la había sustituido María Cristina Piñeiro Obín».
 
A partir de esos azares de la vida, Cristina Obín, nombre artístico que escogió y que la compaña hasta nuestros días, seguiría trabajando por sus méritos como actriz. Trabajó con Antonio Vázquez, a quien debe parte de su carrera artística en Los mambises cuya protagonista era Gina Cabrera. Cristina encarnó a la dama joven de los mambises. Impactó el rostro y la voz de la niña. Tenía entonces 18 años. Esa fue la arrancada.
 
«Inmediatamente se abrieron las puertas y comenzaron a llover los papeles protagónicos. Siempre fueron roles protagónicos, menos en El naranjo del patio, que hice antes de irme a Caracas. Esa es la trayectoria. Me llevo al capitán Tormenta que me sembró en la pantalla y a la Marisela de Doña Bárbara dirigida por Roberto Garriga en 1975, inolvidable novela para Cuba. Hago Doña Bárbara con los actores más consagrados de este país: Raquel Revuelta, José Antonio Rodríguez, Alejandro Lugo, José Antonio Espinosa y Daniel Rangel como Juan Primito. Todavía la televisión se hacía en vivo, aunque se grababa. Al punto que esa telenovela se vio en Venezuela y la crítica de la prensa fue muy favorable. En El naranjo del patio se repite eso: un elenco que provocaba temblores. Donde esté Frank González, Ofelia Núñez, Luisa María Jiménez y Miguel Navarro, cómo vas a decir no».
 
En los noventa, cuando Cristina Obín terminó El naranjo del patio, de Gerardo Fernández, dirigido por Xiomara Blanco, desconocía que esta sería su última aparición en la escena televisiva cubana. Después viajó a Caracas para un casting de una película que no aprobó. Pero decidió insistir. Estuvo trece años viviendo y actuando en Venezuela. No consiguió protagónicos, pero por primera vez interpretó a una villana. Además, Cristina tuvo la oportunidad de explorar más el teatro. Allí actuó en Las penas no saben nadar, de Abelardo Estorino, monólogo que se reservó para el Festival de Teatro de Occidente de Caracas, en el que representó a Cuba.
 
En la Isla su compañero ideal de la televisión fue Gerardo Riverón. Ella había actuado también con un grupo de teatro que tenía el Fondo de Bienes Culturales. Con ellos hizo Andoba, de Abraham Rodríguez junto a Mario Balmaseada y María de los Ángeles Santana, y obtuvo un premio de actuación femenina. Cristina lamenta que en su época no pudo explorar más el cine. Solo tiene una película, Polvo rojo, con Adolfo Llauradó. Asimismo, fue la voz de la primera María Silvia en el filme de Juan Padrón Elpidio Valdés. Actualmente Cristina Obín es merecedora del Premio Actuar por la obra de la vida tras cincuentaiún años ininterrumpidos de labor artística.
 
 Mientras trabajaba como actriz, Cristina estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Y también, sin saberlo, esos estudios y el camino recorrido tendrían que ver mucho con su futuro al regresar a la Isla, porque se convertiría en una escritora para niños y jóvenes que ya tiene once libros publicados. Entre los títulos se encuentran Canciones para contar (2007), Casa de tela (2010), Otro Ratón Pérez (2011), de la Editorial Gente Nueva, y el más reciente: La novia de Elpidio.
 
«Yo creo que cumplo más con los requisitos de la escritora que soy que de la actriz que fui. Me gusta mostrarme como soy. Creo que hay cosas en la vida que te definen. Ser actriz para mí fue parte de mi esencia. Cuando un ser humano tiene la suerte de hacer en la vida lo que le gusta y lucha por eso con la fuerza y la tenacidad con que yo luché, y con los riesgos que corrí. Actuar es encarnar otras vidas, redondear tu vida y alimentarla. Es crecer. Es dejar que alguien se ponga en ti, que ese personaje se apodere de ti o ese ser con sus problemas te colme. Y sin eso no puedes vivir. Eso era mi energía vital en aquel momento.
 
«Con la edad descubres que tu momento de protagonizar va quedando en el ocaso y tuve la suerte de encontrar una carrera opcional, otra manera de realizarme que incluso enriquece mi vida como actriz, porque lo que estoy viviendo como escritora en mis presentaciones va a la sensibilidad y ataca de manera directa. Si la vida no me ha regalado bastante, creo que sería demasiado pedir mucho más. Me adoran como escritora y como actriz. ¿Qué más?».